miércoles, 3 de octubre de 2018

Sol de Medianoche

Título original: Midnight Sun
Autor: Chigozie Obioma

Sol de Medianoche
Por Chigozie Obioma 
Traducido por Guillermo Vera Salgado

Un niño jamás morirá por escasez de leche en el pecho de su madre.
Proverbio igbo

El hombre a quien finalmente le había abierto su corazón, Ikonne, el médico, se había convertido en el dueño de sus pensamientos durante la mayoría de sus horas de consciencia. Había platicado y resuelto con mucha gente, más que nadie con su madre y con Jefa, que la forma ideal para redimirse era encontrando un hombre que la ayudara a conseguir lo que más necesitaba esencialmente: olvidar a su esposo e hijo muertos, o, por lo menos, relegarlos a tal distancia dentro de su mente como para evitar que su recuerdo la siguiera atormentando. Pues ambos se habían convertido en danzantes fuera de control que bailaban sin memoria en el escenario de su mente cada noche. Ikonne se mostró capaz de hacerlo. Con su forma de amar íntegra y terapéutica, se convirtió en la bestia que devoró la carne y bebió la sangre de su historia reciente. Y, cada vez que estaba con él, sentía una paz enorme y salvaje que a menudo sombraba por completo el recuerdo de su esposo y su hijo.
Estaba pensando en él mientras se contemplaba en el gran espejo de su baño, cuando un sonido humano proveniente de algún lugar cerca, una tos seca quizá, le causó agitación, y la dejó inmóvil. Más temprano, se había escabullido hacia la puerta con el objetivo de oír los resoplidos de su hijo mayor, pero no escuchó más que su pesada respiración. Esperaba que Owoh continuara durmiendo hasta que ella se hubiese ido. Sus ojos cerrados y la inconsciencia de su sueño eran proveedores de consuelo.
Eso logró contener la insoportable culpa que la sujetaba por el cuello al pensar que lo estaba abandonando. Pero aquella culpa que, en el pasado, la habría detenido, como un clavo contra la pared, no la pudo detener en esta ocasión. Ikonne le había dado pistas acerca de que esa noche era especial, lo cual ella supuso que significaba que le propondría matrimonio. Cuando
Owoh tosió por segunda vez, y agregó además un quejido, ella fijó su mirada en el reloj de muñeca hecho de piel de serpiente que Ikonne le había comprado cuatro meses antes, tomó su bolsa de mano y huyó de la casa.
La noche había llegado con fiereza, dejando únicamente un pequeño rastro de luz en el horizonte. Agnes detuvo al primer taxi vacío que se acercó al final del camino, y a lo largo del viaje estuvo pensando en el sonido de la respiración de Owoh. Su esposo, Nonso, se había asustado la primera vez que Owoh lo hizo, y le hizo recordar a su propio padre en su lecho de muerte. Y las últimas palabras que dijo aquella noche, Me temo que se acerca, Agnes, le habían llegado y hecho eco dentro de ella, negándose a irse. Más temprano, ella se había levantado de la cama y caminado al cuarto de Owoh, encontrándolo completamente despierto, sus globos oculares prominentes casi radiaban en la oscuridad absoluta. Pero no sería él quien falleciera algunos días después de esa noche, sino Nonso y Richard, su otro hijo. Estaban viajando en auto de regreso de una excursión a Ibadan cuando un camión cargado de madera se estrelló contra su Mercedes y los mató a ambos instantáneamente.
Agnes alzó la vista para ver que el conductor había empezado a estacionar el auto a un lado del camino. “Gracias”, dijo ella. Dejó que la luz verde del teléfono se apagara y después miró por la ventana. A pesar de que Nonso siempre la había llevado a esta parte de Lagos, se le dificultaba mucho identificar la mayoría de los alrededores de noche, especialmente durante las fallas eléctricas, cuando las fachadas de la mayoría de los edificios estaban a oscuras o pobremente iluminadas. Pero, mientras se conducían, zigzagueando a través del tráfico como si se tratase de una competencia de eslalon, ella reconoció la enorme farmacia a la que su esposo solía ir. Algunas cuadras más abajo, una pandilla de postes de iluminación brillantes le mostró lo que de inmediato reconoció como el hospital donde Owoh había hallado su destrucción.
Nonso y Agnes lo habían llevado a la campaña obligatoria de inmunización infantil en el hospital cuando sólo tenía nueve meses en 1990. La enfermera que estaba de guardia había sufrido un colapso mental, pero no había llegado aún a un nivel en el que éste fuera notorio. Había sido notificada algunos días atrás que su esposo, un soldado de la CEDEAO, había sido asesinado recientemente en Liberia. No dejaba de hablar acerca de la “fortaleza” mientras llevaba al pequeño Owoh al ala. Cuando pasó a través de la puerta cerrada miró a Agnes a la cara y dijo “No se preocupe, yo haré que se fortalezca”.
Agnes y su esposo recién se habían sentado en las bancas de metal en la sala de espera cuando empezaron a escuchar ruidos provenientes de la atiborrada parte del hospital a donde se habían llevado al niño. Una de las enfermeras había sorprendido a su corrompida colega administrándole a Owoh múltiples inyecciones intravenosas hasta que él, luego de haber llorado hasta caer exhausto, a pesar de que la mujer le había cubierto la boca con varias capas de yeso para silenciarlo, quedó envuelto en una turbia calma. Para entonces, le había vaciado ya veintidós pequeñas botellas de sustancia intravenosa con la misma jeringa antes de detenerse, y una docena más yacía sin usar. Lo había hecho para fortalecerlo, reiteraba ella una y otra vez mientras se la llevaban, portando una sonrisa burlona que revelaba la cruel verdad: que Owoh, efectivamente, había hallado su destrucción. Pues, más tarde, los doctores habrían de declarar que la sobredosis de los potentes medicamentos no sólo había paralizado a Owoh de manera permanente, sino que también le había causado un daño ototóxico irreparable. Agnes y Nonso entonces buscarían tenazmente curarlo, sin embargo, nada funcionaría. Se dieron por vencidos cuando, después de casi veinte horas de sesiones médicas maratónicas en el Lagos University Teaching Hospital, uno de los mejores hospitales de Nigeria, los doctores emergieron con el veredicto de que la sobredosis había hecho colapsar sus huesos. Agregaron que había corrido con suerte, que fácilmente se pudo haber convertido en una “anguila” humana, una completa ruina, con el sesenta por ciento de sus órganos comprometidos.
El restaurante estaba completamente lleno cuando ella llegó. Había ventiladores de techo con bombillas elegantes girando por encima, su traqueteo mezclándose con la música de un estéreo portátil cercano y la plática de las personas sentadas en sus mesas. Agnes entró, su cuerpo se sosegaba de nuevo: un sentimiento que le llegaba cada vez que estaba a punto de encontrarse con un hombre. Ikonne estaba sentado cerca de una gran pintura al óleo de una mujer con una calabaza. Se levantó rápidamente y la abrazó.
-Oh, Agnes. Podría haber ido a recogerte, ¿sabes?
Agnes sacó una sonrisa del depósito que ya casi estaba vacío, pero que, antes de las muchas adversidades que había enfrentado, solía estar a reventar con risas. No pasó mucho tiempo antes de que él se sumergiera en una profunda y apasionada discusión acerca del estado de la nación. Ella rio calladamente al ver cómo se crecía melodramáticamente al quejarse de las insuficiencias en Nigeria. Cuando uno de los camareros trajo el menú, Ikonne se sumergió en las hojas plastificadas. A pesar de que habían estado saliendo cerca de tres meses y se conocían desde un poco antes de eso, él aún se encontraba visiblemente nervioso cuando estaba cerca de Agnes. Pero su timidez había sido una de las razones por las que se sentía atraída hacia él. Aunque percibía que los hombres como Ikonne a menudo eran sinceros en cuanto a carácter, él parecía haber cultivado el propio con un cuidado especial, para así dar la impresión de ser gentilmente puro, genuino, a pesar de que la versión de su historia que conocía estaba manchada. Había vivido en los Estados Unidos por muchos años, se había casado con una americana y huido del país después de perder su trabajo debido a un altercado con un compañero, los americanos lo juzgaron como “violencia en el lugar de trabajo”, lo cual provocó que su licencia fuera revocada temporalmente y que su matrimonio se terminara. Con lo que quedó de sus antes sustanciales ahorros, abrió una clínica en Lagos.
Siguió hablando mientras degustaban la comida, arroz frito y plátano con trozos de carne frita en abundante aceite, mientras criticaba furiosamente aquello que pensaba había sido responsable de la incesante corrupción en Nigeria: el sucesivo gobierno militar. Deseaba que Nigeria se convirtiera en algo similar a las demás naciones de derecha algún día y echara la corrupción fuera, tal y como lo había intentado hacer su líder, Obasanjo, desde el primer día de su mandato. Agnes quedó impactada cuando él mismo interrumpió su discurso, estiró su mano y tomó la de ella. “Estoy enamorado de ti, Agnes,” dijo. “Quiero casarme contigo.”
A pesar de que esperaba que le dijera esto, Agnes lo miró y, por un momento, sintió que algo salía de su cuerpo. Se sintió enmudecida, incapaz, a pesar de que deseaba hacerlo, de hablar.
“¿Qué? ¿Por qué no dices nada?” dijo, esperó, y lo repitió. Su mano parecía moverse sin parar sobre la mesa, tocando la copa, sin levantarla. Después, llevándosela a la boca, sin beber de ella, le preguntó una y otra vez si lo había escuchado. Ella asintió con la cabeza. “Entonces, ¿Por qué?, ¿Qué pasa?” dijo él. “¿Te ofendí, cariño?”
Tomó sus manos, pero ella no reaccionó. Al verla mostrarse en silencio, él comenzó a pedir disculpas. Aún con la mirada inexplicablemente perdida, Agnes no respondió.
“Es demasiado pronto, lo entiendo, demasiado pronto como para pedirte esto. Lo siento mucho, ¿está bien? Deberíamos irnos ahora, ¿no crees?
Ella asintió con la cabeza, tomó su bolso y dejaron el restaurante.
****
Él no mencionó el incidente por los días siguientes cuando hablaban por teléfono. Fue Agnes quien, después de recuperarse del sentimiento de culpa que la invadió por su respuesta a la propuesta de matrimonio, sintió la necesidad de sacar el tema.
“Lamento lo del otro día”, dijo ella, lo más suavemente que pudo, dejando salir las palabras cuidadosamente para que hicieran resonar una cierta pesadez.
“No, no, fue mi culpa, ¿sabes?” Yo solo, tú sabes, pienso que...”
Ella sintió la confusión en su tardía respuesta. “No, Ikonne, no fue tu culpa. Fue mía. Tú no hiciste nada malo.”
“Bueno, está bien. ¿Quieres salir esta noche? Te extraño.
Se encontraron en un restaurante en Victoria Island junto a un sitio de construcción enorme destinado para lo que el letrero del proyecto indicaba que sería un centro comercial; ambos miraban las grúas sumergirse y levantar objetos con sus miembros mecánicos. Cuando estaban por terminar su comida, él le preguntó una vez más qué pensaba acerca de su propuesta. A pesar de que ella creía que lo había considerado lo suficiente durante los días anteriores y había preparado su respuesta cuidadosamente, se encontró de nuevo extrañamente incapaz de hablar. Luego, temiendo que hubiera permanecido en silencio por bastante más tiempo del que debería, dejó salir sus reclamos con el equivalente verbal de una explosión.
“Ya te he hablado acerca de él ¡Te he dicho que es discapacitado, que está lisiado, que es sordomudo, todo! ¿Me oyes? Él es...” Ella misma escuchó lo que estaba diciendo como si el sonido hubiese rebotado, y quedó en silencio. Bajó la cabeza, luchando contra la necesidad de desmoronarse. “Escucha, si me quieres, debes aceptarlo a él también, ¿eh?”.
De todos los hombres con los que ella había tratado de salir a lo largo de los tres años que pasaron desde que murió su esposo, había sido él con quien más se había encariñado. A pesar de que había tenido sentimientos por uno de ellos, y había estado cerca de tener con él una relación, éste se retiró debido a Owoh. Esto la había impactado. Después de haber ido a casa con ella y visto a Owoh, dijo que no podría integrarlo con ellos. Quería tener sus propios hijos, dijo él, y era mejor para ellos simplemente dejarlo en un centro de cuidados en lugar de quedárselo. El siguiente hombre con el que salió, un pastor al que su esposa lo había dejado por un hombre más joven, ofreció, al ver a Owoh, llevarlo a una casa de oración donde podrían curarlo. Esto la derrumbó. Ya que, después de que los huesos de su esperanza se habían roto en los primeros días de los esfuerzos de Owoh, Agnes lo había llevado de una iglesia a otra hasta que había visitado casi todas las que eran capaces de hacer milagros en Lagos. Vio el ofrecimiento del pastor como una mala señal casi de inmediato. Luego de que él se fuera de la casa, ella le mandó un mensaje pidiéndole que nunca la volviera a contactar.
Ikonne liberó sus manos de la presión de Agnes y asintió lentamente con la cabeza. “Veo a qué te refieres y, por supuesto, si nos casamos, ¿sabes?, tu hijo podrá venir a vivir conmigo”. Volvió a asentir, y ella siguió con sus ojos la mirada de Ikonne hasta que ésta se posó en un grupo de personas que acababa de llegar a la mesa de junto, una pareja con una niña que tendría la misma edad que Richard cuando murió, ocho o nueve años. Ella, una niña con la piel muy clara y una gran masa de cabello arreglado en una cola, lo miró y sacó su lengua mitad verde y la movió de izquierda a derecha. Mientras veía a la niña, Agnes sintió la presión de su mano vaciarse, como si ésta fuera invisible. El ver niños con vida le provocaba esto a menudo.
Ikonne regresó su atención hacia ella y rio dubitativamente. “Te he dicho ya varias veces, cariño, que estoy bien con él. No es mucho problema ¿sabes?”
Ella no pudo seguir comiendo. El poder de su pérdida se había hecho con el control, había convertido la comida frente a ella en algo prohibido. Sintió que él podría tratar de sostener su mano de nuevo, así que la posó sobre su botella. Había ordenado una cerveza, bebida a la que recurría tanto y de manera tan frecuente, que a cualquiera le hubiese sorprendido saber que, antes de las muertes de su esposo y de su hijo, ella jamás había probado un solo sorbo. Había tomado tanto una noche hacía dos meses, que había despertado en el piso de la habitación de Owoh.
No podía recordar mucho, salvo que había estado ausente todo el día y se dio cuenta de que no lo había alimentado. Regresó y lo encontró dormido, así que dejó la comida junto a él. Owoh había estado sentado y su cabeza, la única parte de su cuerpo que parecía crecer con su edad, descansaba libremente contra su cuerpo de tamaño contrastantemente diminuto. Junto a él, sobre el pequeño diván, yacía el plato de comida, casi intacto, atrayendo moscas. El camión de juguete que Ikonne le había comprado estaba sobre el viejo taburete de cuero cerca de la pared a su derecha, una cucaracha en el asiento azul, sus antenas dobladas contra el parabrisas.
Aunque recordaba muy pocas cosas de esa noche, ésta aún la perseguía. Pero, sobre todo, aquel incidente le había mostrado hasta dónde llegaba la incapacidad de Owoh, el sentimiento de que él no podría hacer nada sin ella. Él no podía siquiera tomar la comida puesta a unos centímetros de sus manos. A pesar de ello, se le había ocurrido esa mañana, mientras lo golpeaba con palabras iracundas, que este mismo niño incapacitado, su niño incapacitado, le había salvado la vida. Si no se hubiera enfermado aquella semana, excretando casi cada hora en el tazón de plástico que había colocado debajo de él, ella habría viajado con Nonso y Richard, y habría muerto también.
Ella bebió más, mientras Ikonne hablaba de su clínica y de las diversas personas que había conocido ahí. Él parecía pausarse entre pensamientos profundos, estremecerse y luego sumergirse, como ave, en otro tema. Desde una distancia psicológica indiscernible, Agnes notó que lentamente empezaba a amarlo. Lo imaginó en su bata de hospital curando la herida de una niña de doce años que había pisado un clavo. Lo imaginó operando a personas que, como ella, tenían padecimientos. Algo en la gracia de sus manos se sentía indispensable para Agnes, como si ella misma fuera una de sus pacientes. Más tarde, sin saber por qué, ella tomó
sus manos, las sujetó firmemente y le pidió, con una voz que era un poco más que un susurro, que la llevara con él a su hogar. Luego de conducir hasta su casa, y él haberla desnudado por completo, ella supo qué era lo que sentía: una desesperada necesidad de él.
Los siguientes dos días, se le dificultó seguir con los cuidados para con su hijo. En dos ocasiones, después de que le preparó la comida, pero no fue capaz de ir a alimentarlo, dejó la comida en la mesa de la cocina hasta que la papilla se enfrió y se formó una sustancia viscosa. Para ella, el cuarto de Owoh se había convertido en un área restringida a la que le atemorizaba entrar. Luego de haber preparado la comida por segunda ocasión, fue y se sentó en el jardín, el cual no había trabajado en los tres años que habían pasado desde que su esposo y su segundo hijo murieron, más que para quitar la maleza. Estuvo ahí toda la mañana con el sol ascendiendo ferozmente. Agnes percibió el calor como un acto de gracia del viento harmattan1, el cual había llegado unas semanas antes y había reforzado el aire como si el año ya hubiese muerto, sus últimos días como la aparición del rigor mortis.
1El viento Harmattan es un viento alisio que sopla en ciertas regiones de África (al sur del Sahara hacia el golfo de Guinea entre el fin de noviembre y la mitad de marzo). En su tránsito sobre el desierto, levanta partículas de polvo, lo cual provoca en algunos países la disminución de la visibilidad y el bloqueo del sol por algunos días. (N. del T.)

Se sentó en el jardín después de haber hecho la comida y se dejó llevar por sus reflexiones, sintiendo el peso de lo que la seguía atormentando. Se convenció de que no había tratado de herir a Owoh. Ella simplemente estaba tratando de redimirse, de volver a vivir. Pero aquel pensamiento no dejaba de atormentarla, hasta que, incapaz de evadir el sentimiento culposo y persistente de que lo estaba dejando morir de hambre, se fue al salón de belleza de Jefa al final del distrito.
El salón de belleza de Jefa no tenía energía eléctrica, por lo que se sentaron en sillas de plástico afuera. Jefa trató de convencerla, como siempre había hecho, de que Ikonne era su mejor opción para salvarse. “Tienes que salvarte,” dijo ella. “Eres demasiado joven. Eres hermosa, Aggi.” Sus palabras hicieron estremecer a Agnes. Y Jefa, quien siempre había sido la mujer más grande, fuerte y ruidosa de entre las dos desde sus días de escuela primaria, la presionó más. “Sí, es tu hijo, lo sé, pero en serio, ¿qué puedes hacer tú? Tú no eres su chi2, tú no dejaste que esto le pasara. Tú has dado lo mejor de ti. Esta es tu oportunidad. De hecho, míralo de esta manera: esta es tu oportunidad de tener un niño de verdad de nuevo. El tiempo se agota, ¿acaso no lo notas? No te puedes permitir perder a este hombre, a este Ikonne, él es un buen hombre. Esta eres tú tratando de vivir de nuevo después de que tu primera vida murió.”
Palabra perteneciente a la espiritualidad igbo. Se refiere a la parte de un dios presente en todas las personas. También se traduce como “ángel guardián”, “alma” o “espíritu personal”. (N. del T).

Agnes dejó el salón de Jefa esa noche con su determinación fortalecida y se dirigió a la casa de Ikonne, ahí lo llevó directamente a la cama. Había pasado el día entero lejos de casa, lejos de Owoh, luchando tanto como podía contra las preocupaciones por no haberlo alimentado, bañado ni atendido, haciendo que éstas esperaran detrás de la puerta del dormitorio como un grupo de periodistas ruidosos en la entrada del hogar de una celebridad.
Pero, mientras pasaba el tiempo, sus voces se volvían más ruidosas y sus ademanes más violentos. Cuando regresó a casa esa noche, encontró a Owoh dormido, con su cabeza recostada sobre su hombro, ligeramente boquiabierto. Revisó su rostro, buscando cualquier cosa inusual, hasta que estuvo convencida de que únicamente estaba inmerso en un sueño relajante. Le preparó papilla mientras aún vestía su bata, la que Nonso le había traído de Italia unos meses antes de su muerte. Se sentó en la silla del comedor cercana a la puerta del cuarto de Owoh y escuchó por encima del constante zumbar del refrigerador para captar algún sonido de su hijo, hasta que se quedó dormida.
Cuando despertó, era casi medianoche, alrededor de tres horas después de que había regresado a casa y le había preparado la comida, que ahora estaba fría. Owoh seguía dormido y había ocurrido un apagón.
Alcanzó las lámparas de keroseno y encendió dos de ellas. Puso una cerca de su puerta y la otra junto a la mesa del comedor, asegurándose de que ni un solo centímetro del umbral de la puerta de su hijo viera la luz. Una de las grandes dificultades en la vida de Owoh había sido el impacto de la luz en él. Siete años atrás, después de que ella y Nonso decidieran mudarlo de su habitación y darle una propia, a los ocho años de edad, había empezado a hacer sonidos extraños, mayormente al amanecer. Como un gallo, se despertaba llorando y gritando como si su espíritu, después de haber sufrido tanto, hubiese empezado a rebelarse. Pronto, Agnes supo que no era la luz en sí lo que le afectaba, sino el efecto de ésta. Se dio cuenta de que, mientras estaba encendida, la lámpara se veía rápidamente cubierta con una manta
desagradable de insectos. Después se esparcían a partir de la bombilla y de la chimenea en todo el cuarto, trepándose y posándose sobre Owoh, quien únicamente podía retorcer su inestable cuello en protesta y aullar con impotencia. A veces, algunos de los ápteros se introducían en su boca mientras dormía y él despertaba con insectos muertos en ella. A menudo, Agnes tenía que removerlos de su boca antes de alimentarlo. Una noche, Nonso había estado en la habitación buscando un portafolios viejo cuando Owoh, habiendo despertado por la presencia de su padre, comenzó a hacer un sonido inusual y a mover su cuerpo entero intentado expresar algo con ademanes. Siguiendo la mirada de su doliente hijo, Nonso se dio cuenta de que había estado mirando la luna. Fue entonces que se le ocurrió la idea del tragaluz, y una vez instalado, quitaron la bombilla de su cuarto y no volvieron a permitir ningún otro tipo de iluminación más que la que entraba por él.
Owoh no despertó sino hasta la mañana siguiente. Agnes lo alimentó antes de irse al trabajo, pero estuvo fuera todo el día, por lo que, al anochecer, una sombra de culpa había oscurecido su corazón. Su intención no había sido estar fuera hasta tan tarde, pero a la mitad del día ocurrió un momento trascendental cuando el hermano de Ikonne llamó desde los Estados Unidos para informar que su anterior trabajo había decidido reincorporarlo. La noticia llenó a Ikonne de dicha, no cabía en sí mismo de la alegría. Le volvió a pedir matrimonio a Agnes, le suplicó que regresara con él a los Estados Unidos para tener un nuevo comienzo. Ella respondió “Sí”. Después de ello, hicieron el amor ferozmente, de una manera que ella no recordaba haber experimentado jamás, a pesar de que se sentía nerviosa.
Más tarde, mientras Ikonne le regresaba la llamada a su hermano, el sentimiento de que estaba torturando a su hijo regresó. ¿No era ésta la razón por la que había aceptado irse con su nuevo amante? ¿Se mudarían a otro país junto con su hijo, un inválido? Seguro que no; se estaba deshaciendo de su hijo para poder tener una nueva vida.
Era verdad, Owoh posiblemente estaba muriendo; sus manos, había notado, se sentían casi sin peso mientras las sostenía esa mañana. Fue inmediatamente claro, desde el momento en que lo tocó, que había adelgazado drásticamente. Sus clavículas sobresalían y cuando respiraba profundamente, como hacía a menudo, su carne parecía hincharse y luego deshincharse para revelar nada más que un esqueleto.
Se dio cuenta en ese momento de que lo estaba matando, le estaba dando una suave y delicada muerte. Le había prestado oídos a las muchas voces que le habían estado hablando y ahora estaba prescindiendo de él, no llevándolo al hospital del especialista que ofreció comprarle todos sus órganos funcionales por un poco más de un millón de nairas, sino con sus propias manos. Le estaba pagando el haberle salvado la vida dándole la muerte. Y ahora, haciendo las cosas peores, había aceptado mudarse a otro país. En ese momento de dolor, todo lo que, muy dentro de ella, creía que eran firmes posibilidades, habían dado un cambio rotundo y desnudaron sus, hasta el momento, verdades ocultas como quien se quita una máscara: ¿Era sincero Ikonne al decir que aceptaría a Owoh? ¿Acaso aceptaría llevárselo a América? ¿No se molestaría por el inconveniente de llevar a un inválido consigo? ¿Qué tal si ella aceptara, él se los llevara, y luego él mismo decidiera que ya no lo quería? ¿Qué haría ella?
Incluso muchos años después, cada vez que algún recuerdo de esa noche hiciera aparición en su memoria, como un infame personaje entrando a escena, la prisa con la que salió de la casa para adentrarse en la ruidosa noche siempre habría de dejarla aturdida. Cerró la puerta del dormitorio gentilmente para que Ikonne, que seguía hablando con su hermano por teléfono, no pudiese escucharla. Luego, corrió hasta el límite de la calle hacia donde un camino más grande conducía de regreso a la ciudad, llorando, hasta que encontró un taxi. Se sentó y se acurrucó contra una de las puertas del vehículo, mientras la vivaz Lagos zumbaba a su alrededor. Cerró sus ojos hasta que el auto se detuvo fuera de la reja de su casa, aquella que ella y Nonso habían comprado en su primer año de matrimonio. Lucía silenciosa, sepulcral y luminiscente por la luz de la luna.
Le sorprendió no haber notado la luna sino hasta que estaba cerca de la casa. Estaba casi llena, con pequeños borrones en su brillante bombilla. Era del tipo de luna a la que Richard alguna vez llamó Sol de Medianoche. Ella a menudo repasaba la noche en que se le ocurrió la idea: una de las únicas dos veces que recordaba en que Owoh había hecho un sonido que se asemejaba a un habla humana entendible. Richard había entrado al cuarto de Owoh y lo había encontrado mirando directamente a la luna, la cual había bañado el cuarto de una luz turquesa semejante al color de los moretones. Richard se movió al centro de la habitación y se mantuvo de pie directamente debajo de la cascada de luz lunar, con su mente tratando de darle sentido a aquello que estaba mirando hasta que las palabras se formaron de entre sus
labios: Es como el sol nocturno. Es un sol, una especie de sol nocturno. Un sol de medianoche. Por primera vez en muchos años, mientras Richard hablaba, Owoh movió su cabeza, que estaba postrada permanentemente sobre dos almohadas, mientras que el resto de su cuerpo estaba apoyado contra la pared, una posición en la que Agnes solía dejarlo después de alimentarlo, con el propósito de facilitarle la digestión. Su rostro se iluminó y unas curvaturas se formaron en su frente convirtiéndose en lo que Richard comprendió era la propia versión de Owoh de una sonrisa. Luego, sus labios empezaron a moverse mientras dejaba salir unos chillidos fuertes y agudos. Richard, pasmado y conmovido por esta paz transitoria en el rostro de su hermano mayor, lloró por él.
Ahora, a pesar de que sus manos temblaban mientras le escribía el mensaje a Ikonne, se sintió completamente aliviada después de que fue enviado. Sus palabras habían sido fuertes, firmes y determinadas: ya no había vuelta atrás. Él no tenía por qué quedarse ahí con ella, no. Él debía regresar a los Estados Unidos con su familia, reclamar lo que era suyo y vivir su vida. La vida de Agnes estaba aquí.
Puso el teléfono en su bolso y se quedó ahí mirando la luna. Ésta la aligeró, liberándola de la carga que había llevado consigo por muchas semanas. Encontró el cuarto de su hijo lleno de luz de luna, toda la gloria del sol de medianoche cayendo, en una pantalla de gris nítido, a través del tragaluz. Encontró a Owoh sentado en su parte del mundo, en su pobre silla a la que estaba confinado, observando la luna con un tipo de silencio que solo él, un pequeño hombre melancólico, poseía.

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